El pacto (I)
Resumen
En los años setenta era fácil, al menos en España, saber si se era de izquierdas. Bastaba con sumarse a una de las tendencias teóricas que proclamaban sus programas a las claras. Una visión personal de todo aquello, con tufillo de confesión y huyendo de la nostalgia como de la peste.
El texto
Podía suceder que uno estuviese cómodo con un determinado credo pero no con todo él, sino que encontrara defectos de detalle. Para eso estaban las modalidades de ideología, los apellidos: se podía ser comunista leninista, comunista maoista, comunista trotskista o eurocomunista. Se podía ser anarcocomunista o anarcosindicalista o anarquista tolstoyanista, colectivista o individualista. Era difícil que uno no encontrara el lugar apropiado a su sensibilidad política. Pero todas estas ideologías tenían una definición precisa y podían explicar sus diferencias teóricas con las otras ideologías. Tenían una base filosófica y una aplicación en la realidad, aunque fuese sólo ficticia porque nadie la había puesto aún en práctica.
Una vez que el ciudadano se había definido políticamente, se trataba de defender los postulados de su ideología en todas las conversaciones.
Por entonces, ser de izquierdas era ser anarquista, comunista o socialista. Con matices, todos compartían algunas cosas. Por ejemplo, la persona de izquierdas era antiamericanista y no tomaba cocacola ni iba a las pocas hamburgueserías que había en España. Se miraba con desprecio los triunfos de los atletas estadounidenses en las olimpiadas. Nadie admiraba el modo de vida americano, en el que sólo había defectos y deshumanización.
La persona de izquierdas veía en cambio con buenos ojos a Fidel Castro porque era el hombre que hacía frente al gigante, el que lideraba una revolución contra los Estados Unidos. El régimen de Cuba se defendía a toda costa, negando que hubiera un lado oscuro y resaltando tan sólo la educación y la sanidad universales en la isla. Silvio Rodríguez y Pablo Milanés eran los mejores embajadores: estaban en todas y cada una de las casas de los izquierdistas explicando su mensaje a todas horas. Por la misma razón, se odiaba a todos los dictadores sudamericanos apoyados por los Estados Unidos, en especial a Augusto Pinochet, que llegó a convertirse (por méritos propios, bien es verdad) en el representante de las nuevas formas de fascismo más atroz e inhumano, lo que antes fue Adolfo Hitler. Y por lo mismo, se siguió con mucha atención el proceso revolucionario de Nicaragua, que llevó al poder a un régimen que sintonizaba con el castrismo cubano, expulsando a un tirano corrupto e inepto llamado Anastasio Somoza.
La persona de izquierdas sabía que la España contemporánea era el resultado de una guerra y de una dictadura larga y muy represiva, que aún tenía partidarios: los fachas. Todo lo que se asociaba al régimen de Francisco Franco era repudiado: autoridades, símbolos, la idea de España como unidad indisoluble, el nacionalismo español, el catolicismo y sus formas, etc. También otros aspectos más sociales y menos políticos, como el culto al Real Madrid, el gusto por los toros, la canción española. De manera que podía uno conocer muy bien a un cantante francés o peruano, pero no se podía de ninguna manera conocer a Emilio el Moro o Marifé de Triana. Y los cantantes de éxito se asociaban al sistema y a la producción consumista, por lo que se escuchaba a Mirelle Matieu, pero no a Raphael.
El pacto (II)
Resumen
A partir de los años ochenta, y especialmente tras la caída del imperio soviético, los izquierdistas en los países occidentales van perdiendo la claridad de ideas y se van aburguesando. Pero la necesidad de transformar la sociedad es fuerte y crea nuevas formas de pensamiento de izquierdas.
El texto
La sorpresa fue creciendo cada día. Y la ilusión también.
En un principio yo tenía muy claro que aún seguía aceptando como propios los postulados elementales de la izquierda: la distribución igualitaria de la riqueza, la eliminación de las diferencias de oportunidades, la condena del enriquecimiento personal a costa del trabajo ajeno, etc. Leí entonces algunos libros. Y descubrí algo que me sorprendió. Lo diré a continuación, aun a costa de parecer un ingenuo poco informado, aun a costa de parecer alguien que descubre el Mediterráneo. Descubrí que los movimientos de la izquierda actual eran los movimientos antiglobalización.
Ya he dicho que yo, al igual que otros muchos izquierdistas de mi edad, miraba a estos movimientos con ojos recelosos. No creía que se pudiera tratar de nada serio porque su imagen aparente era la de unos levantiscos muchachos más empeñados en viajar de aquí para allá para tirar abajo señales de tráfico que la de concienciados militantes. Pero entendí en esas lecturas que la globalización no es sólo la difusión general de internet y la eliminación de obstáculos para comunicarse entre sí las personas de puntos distintos del planeta. Se trataba ni más ni menos que de la última generación del capitalismo. Quizá incluso de la forma ideal del capitalismo explotador. Bajo la apariencia de algo moderno y revolucionario, se escondía la expansión de la explotación a nivel planetario, o sea, global. Comprendí que por eso era tan difícil la crítica al sistema, porque habían quitado de nuestra vista la miseria, la habían exportado a otros lugares. Eso era la explicación de que en mi entorno inmediato todo pareciera de color de rosa, los pobres ahora vivían lejos de mí.