Los poemas
La sección de poesía contiene colecciones de versos, de poemas. No se trata de poemas sueltos sino que están integrados en grupos, como preparados en forma de libro. A pesar de ello, se presentan también por separado los poemas de gran extensión, para facilitar la lectura y la descarga.
Por el momento hay poco publicado, pero con el tiempo se irán colgando en la página más colecciones de poemas ya escritos y otros que son sólo un proyecto.
El corazón del mundo
En esta colección hay tres historias narradas en verso: El niño negro, Canción de Joey y El plano. Son situaciones que suceden en algún lugar de los Estados Unidos, localizando el suceso para hacerlo universal. Son tres ejemplos de relación entre personas o entre esas personas y su entorno. En todos los casos el dolor es superado por el cariño.
Acompañan a los tres poemas un prólogo y un epílogo. Estos dos poemas son más generales, menos concretos. El narrador quiere reflexionar a partir de lo que cuentan los otros poemas.
Texto de la colección completa
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El niño negro
El sufrimiento de un padre al ver a su hijo conectado para siempre a métodos de mantenimiento de la vida en la cama de un hospital.
Pero subió y entró y su corazón
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vomitaba a sus ojos todo el miedo
de las desgracias de la tierra y, blanco,
arrimaba el asiento
que hacía meses arrimaba siempre
a la cama pequeña y se sentó
a mirar en silencio la cabeza
sin vida ni color
de su hijo Henry, de ocho años cumplidos,
nacido en Jackson, sin hermanos, fuerte,
y ahora sumido en un triste letargo,
hermano de la muerte.
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Canción de Joey
Un muchacho condenado a muerte espera su turno en un presidio del desierto. Adora a otro convicto y como él se niega a aceptar su miedo.
El odioso cortejo
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cruza las galerías.
En los rostros la recta
cara de la justicia.
Labios cerrados guardan la arrogancia.
El cura y el alcaide,
el juez y los verdugos.
La apariencia del peso
del deber. Lo profundo
abriga satisfecha su jactancia.
Sin color en los ojos
conducen al cautivo
-a la espalda las manos-
por los anchos pasillos
espiados por mil puertas cerradas.
Pero Morgan sonríe
en su cara el desprecio
y su media sonrisa
parece un cielo abierto
sin que el miedo la tenga conquistada.
Lo sientan en la silla
y ajustan a sus brazos
y a sus piernas y al cuello
los correajes blancos
que a fuerza impedirán que mueva nada.
Miran todos atentos
en el reloj las doce.
Por tres y cuatro veces
la corriente recorre
su cuerpo hasta llegar la muerte blanca.
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El plano
Un hombre es desarraigado de su pueblo para trabajar en la ciudad. Nunca será capaz de soportar ese desarraigo.Un plano de su lugar será su único consuelo.
Y por las noches, solo, en la calma del pobre
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cuarto en el que descansa, un único consuelo
a su tristeza encuentra: en un plano recorre
el pueblo y la montaña y el río con los dedos.
Mientras que el sueño sube desde el pecho a los ojos,
todas las noches gasta su ensueño viendo el río
y su cansino paso junto a los robledales
y oliendo en la montaña la flor del malvavisco.
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El pueblo en la vendimia
Este poema es una alabanza a las labores de vendimia. Ya no es hoy como fue antaño, al menos en el lugar en el que yo vivo. Pero aún los olores de las uvas, el trasiego de gentes de fuera, la sensación de que ya ha llegado aquello que esperábamos tanto, todo eso sí que lo trae aún -por lo menos un poquito- septiembre con sus días de vendimia.
Cuando todo parece detenidoTexto completo SUBIR
y los pájaros callan con recelo,
entra al pueblo el remolque. Con su ruido,
el pueblo entero olvida lo que pasa,
concentra su atención en ese olvido;
y se alegran la tarde, el bar, la casa,
y se dispara el canto del vencejo,
la vida entera su razón repasa,
y de pronto se mira en el espejo
y en el azogue se descubre viva,
renovado granar de trigo viejo.
Cadáveres en la espuma
Los poemas que componen esta colección son casi versículos. Se trata de unos pocos poemas pero de larga extensión. Cada uno es una forma de mirarse al espejo y de descubrir algo más de cómo se es. ¿No sirve para eso la poesía?
Así pues, ven conmigo:Texto completo SUBIR
aún tengo algo de pan en la despensa,
y en lo fresco, algo queda de vino.
Lo tomaremos mientras nos reímos
de los dos encumbrados pobres diablos
que íbamos a ser.
Por hoy, -pero también, seguro, para siempre-
yo me conformo con abrir los ojos
y tener, como Elitis, una casa
pobre en las playas de Homero.
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